
Este artículo es un extracto de la guía Shortform sobre «The Road to Character», de David Brooks. Shortform los mejores resúmenes y análisis del mundo sobre los libros que deberías leer.
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¿Cómo pasó San Agustín de ser un adicto a los placeres terrenales a convertirse en santo? ¿Qué papel desempeñó la religión en su transformación personal?
San Agustín pasó sus años de juventud sucumbiendo a sus deseos terrenales, como el robo y el sexo. A pesar de su posición social, no se sentía realizado debido a sus adicciones. No fue hasta que San Agustín se entregó a Dios cuando fue capaz de renunciar a sus costumbres pecaminosas.
Sigue leyendo para conocer una breve biografía de San Agustín.
La vida de San Agustín
San Agustín, un teólogo del siglo IV que aprendió a rechazar sus deseos humanos efímeros y a entregarse a Dios y a la gracia, demostró la importancia de:
- Comprender que los seres humanos nacemos pecadores. No podemos confiar en nuestros propios deseos, porque estos siempre nos desvían del camino. Estamos programados para comportarnos de forma pecaminosa, aunque sepamos que nuestro comportamiento pecaminoso no tiene sentido y solo nos hará infelices.
- El orgullo nos hace creer que somos los dueños de nuestras propias vidas, pero no es así. No podemos ser mejores personas esforzándonos más o adquiriendo mejores hábitos. Nos convertimos en mejores personas al reconocer que Dios está al mando de nuestras vidas.
- Aceptar la gracia de Dios. El conocimiento o el aprendizaje no bastan para hacernos buenos; solo Dios puede hacernos buenos.
A continuación se ofrece una breve biografía sobre la evolución del personaje de San Agustín.
El desarrollo del personaje de Agustín
San Agustín nació en el año 354 d. C. en lo que hoy es Argelia. Su madre, Mónica, era una devota miembro de la comunidad cristiana africana y deseaba que su hijo se dedicara a Dios con la misma devoción. Sin embargo, el joven Agustín no se sentía atraído por la religión y consideraba que su madre era asfixiante y posesiva.
Agustín, un estudiante brillante, solía aburrirse con los estudios. Destacaba tanto que un mecenas adinerado decidió financiar sus estudios superiores, lo que le llevó a una universidad de Cartago a los 17 años. Allí se vio consumido por la lujuria. Su ego exigía el amor de muchas mujeres (es posible que padeciera lo que hoy llamamos adicción al amor o al sexo).
Mientras tanto, la vida social y la carrera profesional de Agustín despegaron. Destacó en los estudios, se graduó y se convirtió en un profesor respetado. Se movía en círculos prestigiosos y se unió a una secta intelectual conocida como los maniqueos, formada por hombres inteligentes y en ascenso social como él, que se consideraban superiores a los demás. Incluso se tomó una concubina de clase baja, una práctica habitual entre los hombres de su posición social.
Las luchas de Agustín
Según la mayoría de los criterios, Agustín era un hombre de éxito, pero en su interior no se sentía así. Aunque ansiaba los placeres terrenales, al mismo tiempo sentía repulsión por sus propios deseos. A finales de sus veinte años, se sentía devastado por una gran confusión interior. Había dedicado toda su vida a perseguir cualquier deseo egoísta que se le presentara en cada momento, pero nunca se sentía realizado. Sabía que la forma en que vivía no le hacía feliz, pero no sabía cómo dejar de perseguir sus deseos superficiales.
Agustín decidió que era hora de hacer balance de sí mismo. Se miró en su interior, examinando su propia psique. Al hacerlo, llegó a la conclusión de que, aunque había nacido con grandes talentos y cualidades, estos habían sido usurpados por el «pecado original». No podía evitar desear cosas que no le aportaban ninguna alegría. Agustín decidió que nuestros deseos humanos nos crean problemas y suelen ser autodestructivos, por lo que no debemos confiar en ellos.
En sus épicas memorias , *Confesiones* —escritas en los últimos años de su vida —,nos ofrece un ejemplo de sus tendencias inútiles y autodestructivas. Describe un suceso de su adolescencia en el que él y unos amigos robaron peras de un huerto local. Ni siquiera se comieron las peras; se las tiraron a unos cerdos. Agustín escribió que cometió ese acto sin sentido simplemente porque el hecho de robar le producía una emoción. En su opinión, los seres humanos cometemos pequeños delitos constantemente, sin más motivo que el hecho de que nacemos pecadores. No solo pecamos; disfrutamos del acto de pecar.
Como parte de su autorreflexión, Agustín observó que su propia mente —y, según suponía, la mente de todo ser humano— es mucho más poderosa de lo que creemos. La mente es capaz de momentos de perfección y trascendencia, pero ese no es nuestro modo predeterminado. Cada uno de nosotros tiene un sentido interno de bondad o santidad, y si logramos superar nuestra tendencia al pecado, podemos elevarnos para alcanzar esa bondad. Si miramos más allá de nuestras patéticas y pequeñas vidas humanas, tal vez encontremos algo sagrado. En esencia, Agustín intuía que existe un poder superior, y que este se encuentra más allá del ámbito de los seres humanos.
Pero Agustín aún no estaba dispuesto a renunciar a la creencia de que podía controlar su vida. Empezó a reformar su comportamiento, comenzando por abandonar su «club de hombres», los maniqueos. Decidió que, si se esforzaba más, ejercía una mayor fuerza de voluntad y tomaba mejores decisiones, su vida mejoraría. Pero esto resultó ser falso. Pronto se dio cuenta de que tenía que volver a sus ideas anteriores: que los seres humanos no son capaces de dirigir sus propios barcos. Mientras creyera que él mismo conducía su propia vida y que sus esfuerzos podían determinar su felicidad, iba a ser infeliz.
Al final, Agustín se impuso a sí mismo la tarea de rebajar su propio ego y reconocer que Dios era quien dirigía su vida. El punto de inflexión definitivo se produjo cuando un amigo le habló de un grupo de monjes sin estudios en Egipto que habían renunciado a todo para servir a Dios. Cayó de rodillas y lloró, al darse cuenta de que lo único que tenía que hacer era decir «no» a sus mezquinos deseos humanos, lo que le abriría las puertas a placeres mucho más elevados y satisfactorios. Oyó la voz de un niño que le hablaba desde el éter; la voz le dijo que «tomara y leyera», lo que él interpretó como las Escrituras. Poco después se convirtió al catolicismo, al darse cuenta de que sus propios esfuerzos y logros humanos siempre le dejarían insatisfecho, y que el único camino hacia la alegría era entregar su propia voluntad a la voluntad de Dios.
Tras su conversión, Agustín se reunió con su madre, Mónica, y ambos compartieron muchos momentos maravillosos de comunión gracias a su amor común por Dios.
Lecciones de la vida de Agustín
- Creemos que alcanzamos el éxito porque trabajamos duro. Creemos que los demás nos quieren porque nos lo hemos ganado por ser divertidos, amables, guapos, inteligentes, etcétera. Pero si analizamos en profundidad nuestros deseos y motivaciones, nos daremos cuenta de que no somos los principales impulsores de nuestras vidas.
- Creer que somos los dueños de nuestras propias vidas no hace más que aumentar nuestro sufrimiento. Comprender que somos pecadores —y que no tenemos el control— nos lleva a darnos cuenta de que existe una fuerza más grande y mejor que nosotros, y esa fuerza es Dios.
- Somos insignificantes; Dios es inmenso. El verdadero dominio de uno mismo solo se alcanza con la ayuda de Dios. Lo único que tenemos que hacer es rendirnos y aceptar la gracia de Dios. Si nos humillamos ante Dios, podremos recibir su gracia, que lo abarca todo.
- Es como la cuestión del huevo y la gallina. Recibir la gracia de Dios nos llena de gratitud y amor, lo que nos lleva automáticamente a llevar una vida mejor. Realizaremos buenas obras para expresar nuestra gratitud a Dios. Nuestras vidas serán mucho más plenas.
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Esto es lo que encontrarás en nuestro resumen completo de The Road to Character :
- Cómo el mundo se ha vuelto «centrado en el yo» en lugar de «en el nosotros»
- Un análisis de ocho figuras históricas que contribuyeron desinteresadamente al bien común
- Un plan de 15 puntos para ayudarte a llevar una vida más virtuosa y feliz

Es mi homónimo; me alegro de que se haya dado cuenta de que iba por mal camino y quiera volver al Dios Todopoderoso 🙏🙏🙏
Leí el libro de David Brooks hace mucho tiempo y lo considero una lectura imprescindible para conocer a personas brillantes y con talento que se dedicaron a ayudar a los demás y a crear y construir organizaciones que hacen del mundo un lugar mejor para todos.