La premisa del cambio es sencilla: nada cambia a menos que... algo cambie. Sin embargo, el resultado no es tan sencillo. A pesar de todos tus esfuerzos, algunos cambios fracasan mientras que otros tienen éxito, y normalmente no queda claro por qué ocurre esto.
Resulta que el éxito del cambio depende de tres elementos esenciales: 1) tu lado racional, 2) tu lado emocional y 3) el entorno que tú mismo creas. Analizaremos el papel de cada uno de estos elementos y cómo aprovechar su potencial para el cambio: en primer lugar, dando a tu lado racional una orientación clara; en segundo lugar, aprovechando la energía de tu lado emocional; y, en tercer lugar, creando un entorno que favorezca el cambio.
Tu lado racional establece objetivos, hace planes para el futuro y analiza los problemas antes de pasar a la acción. Ese es tu «yo» ideal. Sin embargo, tu lado racional puede, en realidad, impedirte realizar cambios al analizar en exceso los problemas y las soluciones, y al quedarte atascado en los detalles y las opciones. Si no le das a tu lado racional una dirección clara , este se paraliza. Hay tres formas de sacar a tu lado racional del análisis y llevarlo a la acción productiva.
A menudo, cuando queremos introducir cambios, nos centramos en los problemas y en las posibles soluciones. En cambio, deberíamos buscar casos de éxito que podamos imitar; en esencia, buscar lo que ya funciona y potenciarlo. Este ejercicio nos protege frente a tres problemas principales que suelen obstaculizar el cambio:
Imagina que te cuesta que tus empleados utilicen un nuevo sistema de retroalimentación. En lugar de dedicar tiempo y energía a «corregir» a quienes tienen dificultades, busca a una empleada que haya incorporado con éxito el nuevo sistema a su flujo de trabajo. Haz que tus empleados con dificultades pasen una tarde con ella: aprenderán formas prácticas de aplicar el cambio en el contexto de su trabajo y, de forma natural, confiarán más en la solución porque proviene de una compañera.
Cuando nos enfrentamos a demasiadas opciones o a situaciones ambiguas, los seres humanos tendemos de forma natural a decantarnos por la opción más familiar. Tomar decisiones familiares nos permite actuar en piloto automático, lo que no nos obliga a gastar energía en la toma de decisiones. Por otro lado, el cambio genera una sensación de desconocimiento que interrumpe ese piloto automático. Nos vemos obligados a sopesar opciones, tomar decisiones deliberadas y controlar nuestros comportamientos, sobre todo cuando el cambio que intentamos llevar a cabo es ambiguo.
Esto agota rápidamente tu capacidad de razonamiento, lo que permite que tu lado emocional tome el control. Y, por supuesto, tu lado emocional siempre optará por la gratificación inmediata que ofrece el statu quo en lugar del arduo trabajo que supone el cambio.
Para evitar caer en la rutina, reduce al máximo las opciones y la ambigüedad. Define con precisión las acciones que son más importantes para que el cambio se consolide. Esto te ayudará a saber qué hacer sin tener que pensarlo dos veces. No es posible establecer directrices para todas las situaciones imaginables; céntrate en varios comportamientos concretos que abarquen numerosas situaciones.
Por ejemplo, si estás intentando tomar desayunos más saludables, no puedes saber de antemano qué alimentos tendrás a tu disposición cada mañana. En su lugar, podrías establecer cuatro pautas fundamentales:
Con el tiempo, estas pautas dejan de resultarte extrañas y se convierten en algo instintivo: el estado habitual al que recurre tu piloto automático por defecto. Esto genera un cambio sostenible, ya que los comportamientos deseados ya no requerirán un esfuerzo concentrado ni un autocontrol por parte de tu lado racional.
El cambio tiene más éxito cuando se puede trazar una imagen clara de un objetivo no muy lejano hacia el que se quiere avanzar. Por ejemplo, los cambios para perder peso podrían tener como objetivo «volver a caber en mis vaqueros favoritos».
A menudo, cuando te enfrentas a un objetivo ambicioso, tu lado racional se queda atascado tratando de decidir si realmente hay un problema que resolver y preguntándose cuál podría ser la mejor solución posible. Replantearte el objetivo como un destino claro orienta tu energía racional hacia una dirección productiva de dos maneras:
Tu deseo emocional de obtener una gratificación inmediata puede, en ocasiones, controlar tu...
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Da igual dónde intentes llevar a cabo un cambio —en tu organización, en ti mismo, en la sociedad—: nada cambia a menos que… algo cambie. Esto parece una cuestión de sentido común, y sin embargo muchos intentos de cambio fracasan. Por otro lado, probablemente hayas vivido muchos cambios que han tenido éxito, como empezar una nueva carrera profesional, tener hijos o mantener una rutina diaria de ejercicio. A menudo, no sabemos por qué algunos de estos cambios funcionan, simplemente sabemos que lo hacen.
En este resumen, analizaremos los patrones que caracterizan a los cambios exitosos y cómo puedes aplicarlos de forma sistemática, mejorando así de manera significativa tu tasa de éxito en los cambios. En primer lugar, es importante comprender los tres elementos principales del cambio.
Tu lado racional es esa parte de ti que se marca objetivos, hace planes para el futuro y analiza minuciosamente los problemas antes de actuar. En resumen, es el «tú» que quieres ser.
Sin embargo, tu lado racional tiene un importante defecto oculto que, en realidad, te impide llevar a cabo cambios. Tu lado racional tiende a darle demasiadas vueltas a los problemas, a analizar en exceso las posibles soluciones y a quedarse atascado en los detalles, la información y las opciones. Aunque tu lado racional quiere hacer un...
Reflexionar sobre los cambios fallidos y la falta de sincronización entre tus tres elementos del cambio (racional, emocional y ambiental) puede ayudarte a comprender la importancia de sincronizarlos para tu próximo intento.
Describe un cambio que hayas intentado introducir recientemente pero que no hayas conseguido (por ejemplo, dedicar menos tiempo a las redes sociales).
Este es el mejor resumen de «Cómo ganar amigos e influir en las personas» que he leído nunca. La forma en que has explicado las ideas y las has relacionado con otros libros me ha parecido increíble.
A menudo, cuando queremos introducir cambios, nuestra parte racional se centra inmediatamente en los problemas y en las posibles soluciones. En cambio, deberíamos buscar casos de éxito que puedan servir de referencia para tomar decisiones o que podamos imitar; en esencia, buscar lo que ya funciona y hacer más de lo mismo.
Este ejercicio cumple la función esencial de interrumpir el análisis y la reflexión de tu lado racional. Aunque el análisis y la reflexión pueden resultar útiles en algunos contextos, con demasiada frecuencia frenan por completo el proceso de cambio: al examinar un problema, surgen otros diez, y es fácil quedarse atascado en los detalles. Encontrar un caso de éxito que imitar es lo que le da a tu lado racional una dirección clara hacia la que avanzar. De repente, el camino a seguir parece obvio: «tenemos que hacer más de eso».
Analizar los casos de éxito nos ayuda a evitar dos problemas importantes que contribuyen en gran medida a la incapacidad para cambiar.
1) Nuestra tendencia racional a analizar los problemas en lugar de las soluciones hace que, a menudo, nos centremos en la magnitud del problema y, por lo tanto, busquemos soluciones grandes y complicadas para problemas grandes y complicados. **Sin embargo, los casos de éxito suelen revelar que las soluciones eficaces pueden ser mucho más sencillas que el problema en sí...
A menudo, la mejor solución a un problema es aquella que ya funciona, pero que quizá se haya pasado por alto.
¿Cuál es el problema al que te enfrentas? (Por ejemplo: «Como demasiados tentempiés entre la cena y la hora de acostarme»).
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Jerry McPheeLos seres humanos somos propensos a sufrir la «parálisis de la decisión»; es decir, cuando se nos presentan demasiadas opciones, tendemos a decantarnos por lo que nos resulta más fácil o más familiar, o bien no hacemos nada en absoluto.
Recurres por defecto a las opciones que te resultan familiares porque así ahorras energía. Cuando actúas en piloto automático —es decir, cuando tomas decisiones que te resultan familiares—, no gastas energía alguna en la toma de decisiones. El cambio interrumpe tu piloto automático, obligándote a considerar opciones, tomar decisiones deliberadas y supervisar tus comportamientos. Esto agota rápidamente tu capacidad de pensamiento racional, permitiendo que tu lado emocional tome el control. Y, por supuesto, tu lado emocional siempre elegirá la gratificación instantánea del statu quo en lugar del difícil trabajo que supone el cambio.
La parálisis a la hora de tomar decisiones no solo se debe a tener demasiadas opciones, sino que también surge al quedar atrapados en la ambigüedad. Las opciones poco claras provocan un análisis excesivo y nos hacen plantearnos preguntas, y no podemos seguir adelante hasta que sentimos que tenemos una respuesta a esas preguntas.
Si estás intentando introducir un cambio, debes especificar las medidas necesarias para lograrlo; de lo contrario, corres el riesgo de quedarte atrapado entre las opciones y la ambigüedad.
Describe un cambio que estés intentando llevar a cabo o un objetivo que estés intentando alcanzar. (Por ejemplo, quieres aprender un nuevo idioma.)
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Un problema con el que se topan muchas personas al fijarse objetivos —tanto a nivel personal como organizativo— es que se centran en un resultado ambicioso y ambiguo. Este tipo de resultados no cuentan con un indicador claro para medir el «éxito» y, a menudo, tardan mucho tiempo en hacerse evidentes. Cuando no puedes cuantificar el éxito ni verlo de forma inmediata, te desanimas rápidamente. Además, si tu objetivo está demasiado lejos, pierdes de vista aquello por lo que estás trabajando. Imagina que te fijas el objetivo de «bajar de peso». Con un objetivo ambiguo como este, no sabes exactamente a qué aspiras, lo que dificulta comprender tu progreso.
El cambio tiene más éxito cuando tus objetivos cuentan con dos elementos esenciales:
Por ejemplo, haz que tu objetivo de perder peso te resulte más alcanzable fijándote una meta clara, como: «Quiero volver a caber en mis vaqueros favoritos». Esta meta concreta te permite saber exactamente a qué aspiras. Además, podrás medir tu progreso: cada pocas semanas, pruébate los vaqueros para ver cuánto has avanzado hacia tu meta.
Imaginarte un destino atractivo que no esté demasiado lejos de tu alcance puede ayudarte a mantenerte en el camino hacia el cambio, ya que te recuerda cuál es tu objetivo.
Describe un objetivo que te gustaría alcanzar, ya sea a nivel personal o dentro de tu organización. (Por ejemplo: «Me gustaría perder peso» o «Me gustaría que los departamentos colaboraran más»).
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Una vez que tu lado racional haya identificado un objetivo y las soluciones, aprovecha la fuerza impulsora de tu lado emocional para poner en marcha la acción. En los tres capítulos siguientes, nos centraremos en cómo aprovechar de forma productiva el poder emocional de tres maneras: apelando a los sentimientos adecuados, minimizando el cambio y cultivando la identidad y la tolerancia al fracaso.
Mucha gente piensa que todo cambio sigue el siguiente proceso: análisis → reflexión → cambio. Es decir, se te presenta una información, la analizas detenidamente y pones en práctica una solución. Sin embargo, este proceso solo funciona para pequeños cambios cuantificables y bien definidos, como cambiar la ruta para ir al trabajo con el fin de dar 1.000 pasos más cada día.
Cuando está en juego un cambio importante, el proceso se parece más a esto: experiencia → sensación → cambio. Es decir, cuando vives una experiencia que te provoca una emoción intensa —como indignación, alegría o asco—, automáticamente te sientes impulsado a realizar un cambio.
Cuando la información no basta para que la gente se interese por el cambio, despierta su interés apelando a sus emociones.
Describe un cambio que te gustaría que se produjera; por ejemplo, en ti mismo, en tu organización, en una relación o en tu comunidad.
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Cuando te propones cambiar, uno de los factores que más te distraen es la posibilidad de obtener una gratificación inmediata. En cuanto tu lado emocional perciba una oportunidad de gratificación, se lanzará directamente hacia ella, independientemente de lo que quiera tu lado racional. Para que tu lado emocional siga avanzando en la dirección correcta, minimiza el esfuerzo estableciendo pequeños objetivos alcanzables a lo largo de tu camino. Además, satisface el deseo de gratificación de tu lado emocional celebrando tus progresos en cada paso del camino.
Esto no solo te brinda numerosas oportunidades de satisfacción, sino que también genera una sensación de confianza fundamental. Contemplar un objetivo lejano desde tu punto de partida puede hacerte sentir desanimado: «Nunca seré capaz de correr 10 km. Ahora mismo apenas puedo caminar 2 km». Por otro lado, los objetivos pequeños y frecuentes garantizan que solo te centres en el siguiente paso, en lugar de en un futuro imposiblemente lejano. Cada vez que alcanzas un pequeño objetivo, ganas más confianza en que llegarás al siguiente: «Esta semana he salido a correr cinco minutos cada día. No me costará nada afrontar los siete minutos de la semana que viene».
**Reducir al mínimo el esfuerzo necesario para realizar un cambio genera un círculo virtuoso de...
Haz que el cambio resulte más motivador reflexionando sobre los avances que ya se han logrado hacia la meta e incorporando momentos periódicos para celebrarlo.
Describe un cambio que estés intentando introducir en tu organización o en tu vida personal. (Por ejemplo, intentar eliminar las bebidas azucaradas de tu dieta.)
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A la hora de tomar decisiones, solemos seguir una de estas dos líneas de razonamiento:
1) Las consecuencias de la decisión. Realizamos un análisis de costes y beneficios para determinar qué decisión nos proporcionará el resultado más satisfactorio. Solemos seguir esta línea de razonamiento cuando se trata de decisiones pequeñas y sencillas, como qué comer.
2) Nuestra identidad. Nos preguntamos: ¿Quién soy? ¿Qué haría el tipo de persona que soy en esta situación?
Las identidades pueden ser relativamente flexibles, en el sentido de que las personas adoptan de forma natural diferentes identidades a lo largo de su vida, como la de padre o madre, la de viajero o la de músico. Sin embargo, las identidades pueden ser rígidas, en el sentido de que, si propones un cambio que contradiga la identidad de alguien, esta persona se resistirá de forma natural. Por lo tanto ,...
Si alguien se muestra reacio a un cambio propuesto, busca pequeñas formas de hacer que su identidad se adapte a ese cambio.
¿Cuál es el cambio que propones? (Por ejemplo, intentas que tus compañeros de piso coman vegetariano.)
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En los tres próximos capítulos, analizaremos cómo crear un entorno y trazar un camino a seguir que faciliten al máximo tu cambio, minimizando la tentación de desviarte del camino.
La primera forma de allanar el camino es crear un entorno que favorezca el cambio; es decir, un entorno en el que resulte más fácil adoptar comportamientos positivos y más difícil adoptar comportamientos negativos.
Por ejemplo, una universidad llevó a cabo un experimento para comprobar si el hecho de ser una buena persona o contar con instrucciones claras haría que la gente donara más en una campaña de recogida de alimentos. Realizaron una encuesta entre los estudiantes, pidiéndoles que identificaran cuáles de sus compañeros eran los más propensos a donar y cuáles los menos propensos. A continuación, crearon dos grupos con una mezcla equilibrada de estudiantes «generosos» y «egoístas»:
El cambio resulta más fácil cuando se crea un entorno en el que es más sencillo adoptar comportamientos positivos que negativos.
Describe una dificultad que estés teniendo con un cambio que estás intentando llevar a cabo; por ejemplo, acostarte más temprano para que te cueste menos levantarte por la mañana.
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No siempre es posible adaptar tu entorno a tu cambio: puede que tu cubículo en el trabajo no disponga del espacio necesario para una remodelación que favorezca ese cambio. En estos casos, es mejor que te centres en reestructurar tus hábitos para que, en su lugar, fomenten comportamientos positivos .
Cuando conviertes en hábito los comportamientos que deseas, estos se convierten en comportamientos automáticos a los que recurres de forma natural para ahorrar energía racional; con el tiempo, dejan de suponer un esfuerzo consciente y se convierten en un reflejo que no requiere esfuerzo.
La base para crear buenos hábitos son los «desencadenantes de acción». Se trata de los estímulos que establecemos para provocar una acción determinada .
Utilizar desencadenantes de acción para motivar determinados comportamientos funciona bien, pero solo en determinadas circunstancias. Son eficaces para acciones que sabes que tienes que hacer, como hacer los deberes o terminar un proyecto. Por otro lado, normalmente no funcionan con cosas que no te apetece hacer, sobre todo si no es necesario hacerlas.
Las respuestas preestablecidas te ayudan a asegurarte de que reaccionas ante las situaciones con los comportamientos deseados de forma instintiva.
Describe una situación que suele hacerte perder el rumbo en un cambio que estás intentando llevar a cabo. (Por ejemplo, quieres comer menos aperitivos poco saludables, pero Carol siempre trae pasteles a la oficina.)
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Un aspecto interesante de la naturaleza social de los seres humanos es la forma en que determinamos cómo comportarnos: cuando no estás seguro de cómo reaccionar ante una situación, buscas de forma natural pistas en el comportamiento de quienes te rodean. Esto significa que el comportamiento es contagioso entre las personas. Si todos tus amigos son fumadores, es más probable que te conviertas en fumador que si tu círculo estuviera compuesto principalmente por no fumadores.
A la hora de impulsar el cambio, es fundamental que tu entorno emita señales sociales que lo respalden y que den lugar a comportamientos contagiosos que también lo apoyen.
Cuando te propones introducir cambios en tu vida personal, puedes potenciar las señales de tu entorno que favorecen el cambio simplemente rodeándote de personas que se comportan como tú quieres y alejándote de situaciones y personas que fomentan los «malos» comportamientos.
Por otro lado, intentar provocar un cambio en los demás puede resultar complicado. A la mayoría de la gente no le gusta que le digan qué tiene que hacer o con quién debería pasar...
Mostrar a los demás que son los que se salen de la norma con su mal comportamiento puede motivarlos a integrarse en el grupo.
¿Qué tipo de cambio organizativo hay con el que algunas personas están de acuerdo y otras no? (Por ejemplo, quieres que tus empleados envíen breves actualizaciones de su situación todos los viernes por la mañana.)
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Motivar el cambio es la mitad del camino: asegúrate de que el cambio avance y se consolide reforzando los comportamientos positivos, dando tiempo a que el cambio se asiente y recordándote a ti mismo que el cambio sigue un patrón.
Ten tu objetivo muy claro y refuerza cualquier comportamiento que suponga un paso hacia él, por pequeño que sea. Esto es importante: muchas personas se desaniman cuando el cambio no se produce rápidamente. El cambio no ocurre de golpe. Es un proceso largo en el que hay que repetir una y otra vez comportamientos que lo favorezcan. Reconocer y celebrar los buenos comportamientos no solo fomenta que se repitan con más frecuencia, sino que también te acercan cada vez más a tu objetivo.
Las celebraciones, reflexiones y ajustes periódicos contribuyen en gran medida a mantener vivo un cambio una vez que se ha puesto en marcha.
Describe un cambio que hayas realizado recientemente.
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